martes, 3 de septiembre de 2013

Un paso adelante, nada más.

Un paso más, sólo uno más...

Ese día me fui y no me despedí. Aún estaba molesta contigo por la discusión de días atrás.
Tu depresión y mis problemas no eran una buena combinación.
Llegué al trabajo y como siempre me perdí en las carreras y los pendientes, hasta que una llamada inesperada me avisó de tu secuestro. No lo podía creer.

La primera reacción fue llamarte al celular y para mi sorpresa me respondiste, te escuchabas tranquilo.
-"Decile a mi mamá que la quiero, que todo va a estar bien".
Después, silencio.

Te busqué en hospitales, morgues, cárceles, calles y con el tiempo te terminé buscando en mis recuerdos, en mis fotos, en los baúles.

7 años se dicen tan rápido, tan sencillo. Hacer cuentas ahora resulta tan fácil, hacer el recuento de los daños, no tanto.

Te di por muerto ante la incertidumbre de tu paradero, pero sé que aún tengo en el fondo del corazón, ahí en el rincón donde guardo tu risa y tu alegría; la esperanza. Esa necia que vive de la ilusión de volverte a encontrar.

El dolor de los primeros años parece haber menguado,  a veces está tan disfrazado de rutina que no se siente. Podría convencerme a mi misma que ya no duele tanto.
Pero un día, un día como hoy, la nostalgia toca la puerta y se ríe en mi cara.

Ilusa.
El dolor aquí está, es una realidad, es una verdad de la que no se puede escapar.
No se puede dejar de amar, no se puede dejar de extrañar, no se puede dejar de esperar; sólo podemos dar un paso más, hacia adelante. Sobrevivir.

Sé que he llegado hasta aquí, porque cada día y ante cada reto, pongo un pie delante del otro y me convenzo a mi misma que está prohibido detenerse.

No sé si te volveré a ver, si podré abrazarte otra vez, si tan siquiera podré escuchar tu voz. Sólo sé, que si me mantengo firme y sobrevivo, encontraré consuelo en todos los momentos que vivimos juntos.

28 años no fueron suficientes hermano, la vida nos quedó a deber. Pero te agradezco los momentos increíbles que compartí a tu lado, la mano que me brindaste cuando más lo necesité, el consuelo cuando mi mundo se derrumbó, el aliento para no dejarme vencer, el amor incodicional por mis hijos y la valentía de haber vivido tu vida hasta el último momento con entrega y pasión.

No necesito decirte cuanto te quiero, sé que lo sabes.
No necesito llorarte más, porque sé que nunca será suficiente.

Sólo seguiré dando un paso delante de otro, hasta llegar a ese lugar donde nos encontremos de nuevo.

lunes, 11 de febrero de 2013

Hace tan sólo 16 años.

Este pequeño capítulo de mi vida debió estar listo para el 22 de enero, pero es tan difícil escribir cuando se tiene que entrar tan adentro del alma. Lo obscuro asusta.

16 años se pasan volando, el tiempo es lo único que no se detiene. Pienso.

Hace 16 años salí a trabajar, como de costumbre. Una mañana hermosa, me sentía con algún malestar, nada nuevo para los últimos días. Trabajé con alguna dificultad, algunas personas me preguntaron si acaso me sentía bien, a todos les respondí que sí.
A la salida me subí al transporte escolar en el que hacía recorrido, el piloto me preguntó si me pasaba algo. Volví y respondí de nuevo que no.

El piloto me dejó a unas cuadras de mi casa como todos los días. Al bajarme ya no me sentía tan bien. Unos  pasos bastaron para darme cuenta que algo andaba mal. Me sentía mojada y en un instante de pánico desperté de ese estado de negación... ¡Por Dios! ¡Rompí fuente, voy a tener un bebé!.

Hacía dos años nacía mi hijo, al que su papá por supuesto no quiso reconocer, mucho menos criar. Me quedé sola con 20 años y un niño que mantener. Sin embargo el dolor y la decepción no fueron suficientes para negarme a volver a ver a aquel hombre que creía el "amor de mi vida".
Con la esperanza de darle a mi hijo una familia y "ser feliz" caí de nuevo en la tentación de intentar una relación con él. Sin éxito, claro está,  lo único que obtuve fue un segundo embarazo.

Lo supe casi inmediatamente, el terror invadió mi vida. ¿Cómo pude ser tan tonta? ¿Qué voy a hacer? ¿Cómo se lo digo a mi familia? ¿Cómo se lo digo a él? ¿Cómo sobrevivir con un miserable sueldo y dos niños, sola?
Lo traté de localizar, en vano, sabía que él no se haría responsable, ya era demasiado tarde.

No sabía a donde ir o a quién acudir. Estaba aterrorizada.
Mi angustia se transformó en insomnio, en desesperación.
Jamás me había sentido tan sola, tan vulnerable, tan "estúpida".
¿Quién podía embarazarse dos veces del mismo idiota? Yo, claro.

Las preguntas me agobiaban, ¿Y si me echan? ¿A dónde voy a ir? ¿Qué van a comer mis hijos?
Después de un par de semanas al borde de la locura, me convencí a mi misma que esta situación no podía ser real, no podía con tanta presión, no podía con tremendo problema.
Y mi mente decidió olvidarse del problema, durante 9 largos meses.

No pensé más en eso. No fui al médico, no le conté a nadie, ni siquiera me permití engordar.
Al pasar los meses me hice a la idea que era un mal sueño y que nada estaba pasando. Sentí un gran alivio, una falsa tranquilidad.

Ese día, el 22 de enero, el susto de la posibilidad de poder morir ahí mismo me provocó un desmayo.
¡Tendría un bebé! Fue demasiado el impacto. Sabía que iba a morir. No podía tener hijos por parto natural, tenía que ser una cesárea.

Una mujer que pasó por el lugar me encontró desmayada, me subió a su automóvil y me revisaba para encontrar una dirección a donde llevarme. Cuándo logré despertar le pedí casi suplicando me llevara a un hospital, el más cercano.
La pobre no sabía que pasaba pero me llevó al primer hospital público que encontramos.

Entré gritando que necesitaba un médico, que había roto fuente y que no dilataba, necesitaba urgentemente una cesárea. El médico que me atendió no podía creerlo, me medía y no podía entender que yo estuviera embarazada, era algo casi imposible, mi abdomen era normal.
Después de casi obligarlo a hacerme un ultrasonido, se quedó si voz. Corrió por una enfermera y me llevó de inmediato a sala de operaciones. La epidural no dolió, la angustia era demasiada.

Una hora después la enfermera corría con una pequeña niña de 7 libras 8 onzas, hermosa, brillante, sonriente. Urge una incubadora gritó. Me angustié, la culpa me invadió, el miedo regresó.

Desperté temblando en una camilla helada, sola. Lloré mi cuota de esta vida y de un par más.
Una enfermera llegó a consolarme y asombrada me reconoció. Resultó ser una vecina que al rato corrió a  avisarle del acontecimiento a mi mamá, que ya preocupada me esperaba en la casa.

Era de esperarse que no pudieran creerlo, que me rechazaran, que no me perdonaran el hecho de embarazarme otra vez y además de haberlo ocultado durante todo el tiempo.

Nadie llegó.

A los tres días mis amigas llegaron por mí y por mi hija. No teníamos nada. Salí con la misma ropa con la que llegué y ella con una pijama rosada que un alma caritativa le regaló.
Llegué a mi casa y encontré una maleta y la furia de una familia que me consideraba la persona más irresponsable de este planeta, con mucha razón, con toda la razón.

Mi hijo de 2 años lloraba porque no me había visto en tres días. Yo lloraba con él y mi niña en brazos.
Me pidieron que me fuera, pero que dejara a los niños. Jamás hubiera podido hacerlo, si yo me iba ellos se irían conmigo. Saqué fuerzas de donde no las tenía y al final creo que eso los conmovió y me permitieron quedarme.

Fue duro, pero 16 años después puedo voltear a ver ese pasado  y  no me siento avergonzada. He trabajado durante 18 años por mis hijos, los he sacado adelante.
Sufrí, lloré, me partí el alma por darles todo cuanto necesitaron para estar bien. Hoy son seres humanos maravillosos y yo una mujer que se sigue construyendo.
Me sigo perdonando por tantos errores,  porque lo único que realmente soy es imperfecta.
Reconozco que he tenido la valentía de dar la cara y levantarme cada vez que me ha tocado caer.